Señora Alcaldesa,
Señoras y Señores Embajadores,
Vicerrector Flückiger
Queridos amigos defensores de los derechos humanos,
Gracias por esta cálida bienvenida.
Estoy particularmente contento de estar aquí con ustedes esta noche en la ciudad de Ginebra que, desde hace cerca de 150 años, está a la vanguardia de la lucha contra la tortura y los tratos inhumanos y degradantes.
Quiero aprovechar esta oportunidad para felicitar a la señora Alcaldesa Sandrine Salerno por su reciente elección y agradecer su hospitalidad en este magnífico Palacio Eynard.
También me gustaría saludar al Secretariado de la OMCT por su compromiso, por la calidad de su trabajo y sobre todo por la iniciativa de ese Manifiesto que llega en el momento más adecuado.
Estoy aquí para apoyar firmemente su llamamiento a la acción.
La tortura es inaceptable e injustificable bajo cualquier circunstancia.
No sólo porque pone en peligro los fundamentos de toda sociedad bajo el imperio de la ley, sino porque que niega el valor fundamental de la dignidad humana.
Durante el siglo pasado se lograron enormes avances en la lucha por los derechos humanos.
En 1948, la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ofreciendo una primera visión de las libertades individuales, la protección social y las oportunidades económicas.
Y desde entonces, se han logrado notables avances en la incorporación de los derechos humanos como pilar fundamental en la manera en que manejamos los asuntos humanos.
Los derechos proclamados hace sesenta años se han consagrado mediante un rico acervo de normas e instituciones internacionales de derechos humanos.
El Consejo de Derechos Humanos refuerza la promoción y protección de los derechos humanos en todo el mundo y proporciona un foro donde se hacen públicas las fallas en cuanto a las obligaciones internacionales.
La Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos también juega un papel crítico en la promoción y vigilancia especialmente en el terreno, para enfrentar a situaciones urgentes y muchas veces trágicas.
Los Tribunales Especiales y la Corte Penal Internacional han tomado medidas concretas para luchar contra la impunidad.
Algunos perpetradores de los peores crímenes internacionales, incluidos los responsables de actos de tortura han sido llevados ante la justicia.
Con esta arquitectura, no hay duda de que, en términos legales e institucionales, hoy estamos en mejores condiciones para actuar colectivamente en la protección de los derechos humanos, frente a lo que había hasta hace apenas algunos años.
Y, sin embargo, los años recientes también han demostrado que un número creciente de gobiernos están permitiendo la extensión de la tortura, y que un público apático pareciera tolerar dicha práctica.
En una era de interdependencia global, derechos que fueron concebidos como inalienables están cada vez más sujetos a violaciones sistemáticas bajo la excusa de la conveniencia, o para justificar la protección de los principios democráticos o el crecimiento económico.
Este asalto sobre los logros de los derechos humanos de los últimos sesenta años no puede quedar sin respuesta.
El Manifiesto que firmamos hoy exige responsabilidad individual y colectiva, y acción siempre que los valores que protegen esos derechos se vean amenazados.
Y, ello comienza en los gobiernos.
Ya sea por falta de voluntad política, o por un equipo deficiente, o por instituciones políticas y judiciales corruptas, los gobernantes aún desconocen los derechos humanos o permiten o alientan a aquellos bajo su mando para que lo hagan.
Si el logro de ayer fue establecer las reglas, el reto de hoy y de mañana es efectivamente obligar a los gobernantes - y al resto de nosotros- a cumplir realmente estas normas.
Los gobiernos deben ser ayudados para mejorar sus estructuras y registros sobre derechos humanos.
Las mejores prácticas deben ser compartidas y los funcionarios deben ser capacitados en mejores sistemas y procedimientos.
Pero para que los derechos humanos puedan convertirse en una realidad para todos, la sociedad en su conjunto debe aceptar y reconocer esos derechos como universales e inalienables.
Los activistas de derechos humanos constituyen un baluarte fuerte no sólo contra las violaciones graves, sino también contra la indiferencia vergonzosa.
Amnistía Internacional recibió el Premio Nobel de la Paz en 1977 por su campaña contra la tortura;
Abogados sin Fronteras entrenan juristas en todo el mundo para comprender mejor las razones jurídicas que sostienen los derechos humanos;
Y esa misma organización, la OMCT, proporciona asistencia médica personalizada, jurídica y/o social a cientos de víctimas de la tortura.
Los medios de comunicación también tienen un papel fundamental a desempeñar.
Napoleón solía decir que "temía más a tres periódicos que a cien mil bayonetas".
Hay una razón para eso.
Las noticias tienen el poder de moldear la opinión pública, influenciar nuestras decisiones financieras, sociales y personales y mantener vigentes a nuestros funcionarios elegidos.
Pero ese poder también implica una gran responsabilidad.
Y porque la tortura y los tratos inhumanos tienen lugar con frecuencia en lugares remotos o escondidos, las noticias de prensa no sólo constituyen nuestra primera fuente de información, sino también el primer paso hacia la rendición de cuentas eficaces.
Para los medios de comunicación tienen el deber de denunciar cualquier abuso, sin importar el autor. Y como servicio público tienen la obligación de educar al público en general.
Y, sin embargo, ninguno de esos compromisos o campañas o noticias, importa realmente si el público permanece indiferente.
Y quizás aquí radica el mayor reto para todos.
En un ciclo de noticias de 24 horas donde la gente es bombardeada por un flujo de información sin filtrar, la tendencia a asignar el mismo valor a cualquier historia es convincente.
Debemos luchar contra esa tendencia.
A través de la educación y campañas de base, promoción y actividades de sensibilización, eventos deportivos y culturales, debemos asegurar el respeto por la persona humana y la inaceptabilidad de que la tortura, bajo cualquier circunstancia, se incruste en la conciencia de la gente.
Señoras y señores:
La lucha contra la tortura y los tratos inhumanos es una responsabilidad individual y colectiva que nos exige a todos levantarnos cada vez que esos derechos que apreciamos son sacrificados en el altar de la seguridad nacional, los imperativos económicos o cualquier otra razón.
Les invito a que me acompañen en la firma y el apoyo a este Manifiesto, se identifiquen con las normas que en él se establecen y ayuden a difundir su mensaje.
Intervenciones hechas por los oradores durante la ceremonia del 23 de junio de 2010