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Quienes sobreviven a la tortura tienen necesidades específicas y urgentes. La primera de ellas es la atención médica, incluida la asistencia psicológica. Por otro lado, también suele tener necesidad de apoyo social, incluso para satisfacer las necesidades básicas de la familia en los casos en las que la víctima es el principal sustento del núcleo familiar. Cuando la vida de la víctima sigue en peligro, la única solución es su reubicación a un lugar seguro, sea dentro o fuera del país.
La ayuda ha de ser rápida y adaptada a cada situación específica. Sin embargo, la mayoría de las veces, las víctimas son personas sumidas en la pobreza, marginadas y sin voz, que desconocen la existencia de centros especializados o que no cuentan con los recursos económicos necesarios para acceder a ellos. Además, las oportunidades de obtener resarcimiento legal por el crimen cometido contra ellas son aún menores.
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